VALLADOLID TENÍA UN RÍO LARGO



Valladolid tenía un río largo, de riberas frondosas y salvajes
islas. Un río que llegaba desde la Cueva del Cobre hasta el
pueblo de Simancas. Ahora el río ya no es tan largo, ahora
se divide en tramos: entre el puente mayor y el de la rosaleda,
entre éste y el de usos múltiples... y así hasta nueve tramos
por obra y gracia de 10 puentes de diseño variopinto que
conectan orillas y vidas. Porque el sentido de un puente es
unir, vertebrar, comunicar; de tal modo que pierde en todo
punto su significado cuando separa más que aproxima.

Me gustan los puentes que unen y me gusta asomarme a
un
puente y no ver más que río y ribera perdiéndose en la lejanía
para poder imaginar su fluir hacia arriba hasta sus primeros brotes.
Hasta hace no mucho esos lo conseguía desde el puente mayor,
ahora me voy al puente de Doña Eylo y después ¿a cuál?
Lo he intentado desde el puente del Cabildo peor no llego a
abstraerme lo suficiente, mi poder de concentración es
limitado y no alcanzo a ver el Pico Tres Mares con la Michelín al lado.

El Pisuerga ya estaba en Valladolid antes de que aquí nacieran reyes,
antes de que aquí viviera Cervantes, antes de que se hablara castellano,
estaba aquí antes que todo. Y seguirá, no hay duda, con puente o sin él.
Como también estaba la fachada del Colegio de San Gregorio cuando
transitaban a su lado coches, pero seguramente no se apreciaba de
la misma manera y se acertó al apartar el tráfico. La Catedral y
la Antigua tenían el mismo valor artístico y arquitectónico con casas
cercanas o sin ellas pero quizá no tengan el mismo valor estético.
El Pisuerga seguirá ahí y también el Parque Ribera de Castilla
pero puede que deje de ser el centro de disfrute de gran parte
de vallisoletanos.

Y entrando en una nueva etapa para la historia de Valladolid,
con un cambio muy seguro en su paisaje urbano hay que dar a esta
ciudad un valor añadido, porque palacios, iglesias, edificios altos y
modernos, casas con blasones o de ladrillo caravista las hay en
muchas ciudades, pero un parque como el de Ribera de Castilla,
tan integrado en la cuidad y tan volcado a unas riberas tan aptas
para el paseo, con una extensión tan grande libre de ruidos no
lo tienen en muchas ciudades, de manera que no es sólo una zona
que da calidad de vida a los habitantes sino que es fuente de orgullo
para todos nosotros y se nos hincha el pecho cuando alguien que
nos visita se admira del parque y de su entorno, aunque no sea
tan famoso como otros.

En un reciente libro que da a conocer la historia de Valladolid
a nuestros niños se dice que hubo grandes hombres que quisieron
mucho a esta ciudad y dejaron huella con sus obras hasta hoy.
También se dice que hubo gente que no la quiso nada y destruyó
grandes legados ya irrecuperables. No me agradará ser testigo de
una destrucción sin marcha atrás.

Me gustaría invitar a todos a que se acercaran a la orilla de
nuestro río al atardecer, en los pequeños miradores que están
bajando al final de la calle la Rábida y con ojos relajados
y sin prisa disfruten del pasar sereno y pausado del agua,
con la luz ya mortecina y se pregunten si quieren que ese
paisaje desaparezca de sus vidas.
Aunque el agua siga discurriendo serena y pausada.

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